Apuntes en la cuarentena

img_4474Por: Marta María Quintana Álvarez, 40 años martapress@hotmail.com

Soy Marta. Tengo 40 años y acabo de ser madre primeriza. Con esta edad, una se cree que ya está de vuelta de todo, que lo tiene claro, que el mundo es suyo y que está por encima prácticamente del bien y del mal. Pero eso es antes de tener un bebé. Porque cuando lo tienes te conviertes de nuevo en una adolescente asustada y temerosa. Pero más arrugada y llena de celulitis.

Trabajaba, y digo trabajaba, porque no tengo demasiado claro si en algún momento volveré a la oficina….. me parece increíble de hecho, haber estado en algún momento sentada en aquella silla delante de aquel ordenador y rodeada de seres humanos con conversaciones triviales….. en fin, eh, por dónde iba?…. ah sí, trabajaba yo en una multinacional y estudiaba mi segunda carrera universitaria, cuando decidí olvidarme de una de mis creencias básicas que es la de que se vive muy bien sin hijos y me quedé, esforzadamente, embarazada. Yo, adicta al gimnasio y a la dieta de comer aire, me vi de repente redonda y creciendo sin control. Yo, libre e independiente cual pajarillo, me vi de repente inmersa en las preocupaciones de todo el mundo y controlada por todos, dónde vas?, vas a coger el coche?, cómo vas a ir tú sola?….. Yo, contraria a cualquier sentimentalismo, me vi de repente llena de un amor in crescendo a una barriga en aumento también. Total, que yo, en definitiva, mujer de 40 años y moderna como un punkie lleno de tatuajes de serpientes, me vi de repente orgullosa de formar una familia tradicional, ocupándome únicamente de mi casa y mi futuro bebé. Resulta que sé cocinar…..

Ahora ya ha nacido, las cosas se ven desde otra perspectiva, en el fondo nadie te prepara para esto. Ni para el parto, horrible por más que tenga un final feliz y del que me siento orgullosa y asustada aún a partes iguales, para el postparto que está siendo largo y aburrido…  curiosamente, contra todo pronóstico por mi parte, nada importa realmente porque solo quieres estar al lado del nenín (así llamo yo al mío) y darle mil quinientos biberones (no, no le he dado pecho, eso será un artículo aparte). Con la cantidad de palabras que empleo a lo largo del día y no tengo ahora mismo ninguna para describir lo que puedo llegar a sentir cuando le miro. Aunque dentro de mí otra vocecita, una muy pesada y jorobada que me queda de mis tiempos de “soltería emocional”, me dice que vaya susto, que menudo lío, que tiene sueño y quiere dormir y no pensar en nada, a pesar de ella, yo estoy feliz. Todo lo feliz que puede ser una mujer con cuerpo acordeón y ojeras de oso panda.

Ahora soy LA MADRE. Y no solo me parece bien sino que me lleno la boca diciéndolo. No me da pudor decir y escribir, que he criticado muchas veces a esas madres que no hablaban de otra cosa, que no tenían ya vocabulario ni vivencias ni ganas de hacer otra cosa. Imagino que con los días y semanas, querré y volveré a mi vida, de momento se ha detenido en el tiempo en el bucle de toma-limpiar y esterilizar bibe-toma. Y el resto del tiempo, mirarle. Solo eso. Y no está tan mal como pensaba. De hecho, es gratificante como lo era antes para mí hacer mil cosas y quedar con mil personas cada día.

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